Donde habite la libertad

Nadie conocería mejor que ella el secreto que sus páginas escondían. Lo guardaba como un tesoro, como si cualquiera, al mirarlo, pudiera abrir la brecha que lo separaría de nuestra realidad. Apareció en su vida como una incierta casualidad, incluso podría decirse que encontrarlo formaba parte de su destino. Pero ella no creía en destinos.

Su aspecto no era muy diferente del resto de libros, pero su tinta tenía el poder de transportar a quien lo leyera a todo tipo de universos lejanos llenos de seres que nadie conoce. Sus historias eran las más fantásticas jamás imaginadas por un niño. En otros tiempos, alguien pensó que tales cuentos eran despreciables. ¿Cómo confiar en algo cuya única finalidad es engañar nuestras mentes con mentiras banales? Sin embargo, si ese alguien alguna vez afirmó conocer la cumbre de la buena (la realmente buena) literatura, estaba equivocado.

Ella siempre sospechó que sus páginas eran infinitas. Cuando llegaba a la última, solía volver a empezar desde el principio, y la historia que aparecía ante sus ojos por enésima vez, nunca era del todo igual a la que acababa de leer. Algo mágico e inexplicable ocurría en el transcurso entre una lectura y la siguiente: la historia cambiaba. Estuvo fascinada por el libro durante mucho tiempo.

Sin embargo, no tardó en sentirse abrumada por la rutina que el orden de las páginas le dictaba, y en un arrebato de rebeldía, se dijo que podía imaginar nuevos mundos si leía solamente los capítulos impares. Inexplicablemente, la historia no perdió el sentido en ningún momento, es más, adquirió un sentido nuevo para la muchacha, que volvía a devorar el libro una y otra vez, encontrando en cada intento una historia diferente (porque nunca era la misma historia).

A pesar de ello, no consiguió la libertad que ella necesitaba, así que puso a su disposición otros métodos con un ansia casi animal. Cambió de táctica: probó a leer solamente  los capítulos pares, y cuando vio que eso no la satisfacía, pasó a leer sólo las páginas que fueran múltiplo de tres, o de cinco… Acabó invirtiendo el orden, e incluso fijando uno propio. De esta forma iban creándose nuevas historias, todas ellas completamente independientes entre sí y con una unidad propia que se transformaba a su vez con cada relectura.

No sería hasta muchos años más tarde, cuando, al leer en su lecho de muerte ciertas palabras  que abrían un texto distinto  (“¡Oh, tiempo! Tus pirámides…“), lo comprendería finalmente: no era que el libro cambiara en cada relectura, sino que era ella quien lo hacía. La magia del libro radicaba sencillamente en la intrincada manera en la que estaba escrito, que permitía recorrerlo por un número de caminos casi infinitos, como si de un laberinto se tratara.

Ella continuó aferrándose a su necesidad de librarse de la dictadura del orden. Pero no importaba cuántas pautas nuevas inventara, el sentimiento de opresión no cesaba. No se daba cuenta de que alterando el patrón de lectura no conseguiría deshacerse de él. Ni siquiera el azar estaba exento de cierto orden, o al menos, así lo sentía ella. Nadie supo entonces en qué momento el libro se había convertido en su maldición: comenzó a consumirla. Había dejado de disfrutar leyendo, era una cuestión de libertad. Lo que ella buscaba en la lectura era escapar de las normas que le imponía la realidad, pero leer había dejado de ser para ella una liberación y se había convertido en una losa que no hacía sino asfixiarla.

Cuando por fin quiso entenderlo ya era demasiado tarde.

Una noche, en un intento de demostrarse a sí misma que su libertad le pertenecía a ella (Y qué tonta había sido al dejarla en manos de un objeto inerte), se levantó, abrió el cajón de la mesilla -aquella que le regaló su madre cuando se independizó-, sacó la caja de cerillas y sin dudarlo un segundo, prendió fuego a una de las esquinas del libro.

No pudo evitar quedarse absorta observando el baile del fuego mientras las palabras que tantas veces la habían acompañado se consumían lentamente. Las lenguas de fuego parecían tener vida propia. Esto, se dijo, esto sí que es arte. Y se convenció de que ese rito salvaje, casi ancestral, simbolizaba la libertad en su máxima expresión: una destrucción libre de toda prohibición, gobernada tan sólo por el azar.

Como para poder observar el proceso con mayor deleite, colocó un espejo detrás del fuego, amplificando el efecto visual que causaba. El panorama era fascinante, las luces y las sombras se proyectaban con una belleza abrumadora sobre las paredes de la habitación. No fue hasta que el humo se interpuso en su visión que la muchacha empezó a sospechar que algo iba mal. El fuego amenazaba con extenderse por toda la casa. Rauda, cogió como pudo el libro en llamas y lo sumergió bajo un chorro de agua  fría.

La misma noche en que quemó el libro, Samantha se sentó en su escritorio frente a una hoja en blanco y comenzó a escribir su propio libro.

Las primeras palabras, símbolo de su recién conquistada libertad y eco de un libro que leyó hacía ya un tiempo, rezaban  así: “¡Oh, tiempo! Tus pirámides…

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Una de la evolución de la lengua

¡Te doy la bienvenida al vigesimosegundo episodio del podcast Historia y etimologías del castellano! Este podcast es posible gracias al apoyo que recibo de los suscriptores de los Videocursos de Lingüística y Humanidades, en los que explico personalmente la teoría y la práctica de temas como fonética, indoeuropeo, lingüística, mitología, ortografía, latín desde cero, sintaxis…

a través de 22.— Mensaje de un lector indignado por la destrucción de la lengua — delcastellano.com

Antes de empezar quiero dejar claro que hay dos tipos de formas de ver el idioma: la prescriptivista y el descriptiva.

Un prescriptivista será aquel que opine que una lengua tiene ciertas reglas que jamás deben romperse. Un prescristivista jamás aceptará que la RAE introduzca en el diccionario palabras como COCRETA, SETIEMBRE, XX. -Ahora, lo más probable es que digan MURCIÉLAGO y OSCURO, y no reconozcan que solía ser vulgar- 

En el artículo que cito, la persona que escribe el e-mail, es obviamente prescriptivista.

Lo difícil de la posición prescriptivista es intentar controlar que todo el mundo hable igual. Una ardua tarea cuando en el caso del Español, ya que tiene tantísimos habitantes repartidos en diferentes países, regiones, clases sociales, y antecedentes lingüisticos.

Un descriptivista será aquel que observe la lengua, la manera en que se comunican los seres humanos y transfieren significados, y lo plasme en un papel. Es lo que esta haciendo la RAE al añadir al diccionario estas palabras que suenan un poco mal. Lo difícil para este grupo es discernir ¿Qué fórmulas deben considerarse ahora que están lo suficientemente extendidas como para considerarlas parte de la evolución de la lengua?

Todas las lenguas están en una constante evolución.

Desde tiempos del latín, la lengua ha estado en constante estado de vulgarización. Es así como se ha creado el Español (No hablamos más que una versión vulgarizada del latín), y todas las demás lenguas romance. Esto ha sucedido a raíz de fallos, equivocaciones, y malas pronunciaciones de los usuarios de una lengua. Ha sido así siempre y lo seguirá siendo. Un ejemplo muy sencillos es cómo OCULUS se vulgarizó y se convirtió en OJO. Como este ejemplo hay miles.

En primer lugar se produjo la caída de la S final con la conversión de la U precedente en O, de manera que tenemos enseguida ÓCULO. Muy pocas palabras han conservado esta U final latina, y las que lo han hecho ha sido por influjo de la lengua escrita o culta, más conservadora, por cierto, que la hablada: espíritu, ímpetu y tribu, por ejemplo. […]

Si seguimos la evolución de la raíz latina ÓCULO, observaremos el fenómeno de la desaparición de la vocal interior átona, que se llama síncopa, en este caso U, lo que hace que se convierta en OCLO; este grupo consonántico CL de nueva creación romance se resuelve en castellano dando origen a una J: OJO, mientras que en gallego tenemos ollo (olho en portugués) y en catalán ull. No siempre sucedió así, pues tenemos palabras como MIRÁCULUM o SAÉCULUM que evolucionaron a milagro y siglo sonorizándose la consonante C en G, pero son la excepción que confirma la regla, y se explican por el influjo conservador de la lengua escrita, perteneciendo estas palabras al registro culto de textos neotestamentarios y considerados sagrados.

Fuente: http://gregorio-montesdeoca.blogspot.com.es/2013/07/oculus-i.htm

Mi posición es que no puedes controlar la evolución de una lengua (prescriptivismo), eso es una tarea imposible. Pero tampoco puedes “aceptar” cada pequeña irregularidad que sucede en un idioma -especialmente porque muchas veces son modas pasajeras no duraderas-. Y lo más importante: incluso cuando sean “aceptadas”, mi opinión es que debería (y la RAE lo hace) aceptarse como parte del registro informal (Ya que es la manera en la que suceden en su mayoría).

Es decir, si hay un fenómeno que sucede en una lengua, que no es técnicamente correcto, pero una gran mayoría de personas lo emplea, lo ENTIENDE y a sus oidos no suena incorrecto… eso significa que ha sido asimilado por la población de la lengua y forma parte de ella.

Sí, a los más educados nos rechinarán los oidos. Pero será una palabra que se utiliza, que tiene un significado (en un registro informal). Y por todas las razones que he dado, debería ser  catalogada en el registro informal de la lengua.

Sé que no todo el mundo estará de acuerdo conmigo, estoy abierta a otras opiniones y puntos de vista. Cualquier cosa, ¡escribidme un comentario!

 

Una de Phrasal Verbs

Fue un profesor de filosofía en la ESO quien hizo que me enamorara de la etimología y comenzara a interesarme por muchos temas lingüísticos. Uno de ellos fue fijarme en que los “phrasal verbs” del inglés, por ejemplo, los tenemos también en todas lenguas latinas. Hablo de unir una preposición a un verbo para formar otro significado distinto. Que la preposición vaya separada o no es lo de menos.

Cojamos cualquier verbo castellano: “poner”. Los latinos le añadían preposiciones delante para formar nuevos verbos con significados distintos. La mayoría de ellos perduran hoy en el castellano: aponer, componer, deponer, disponer, exponer, proponer, reponer, suponer… Y los derivados son infinitos: depósito, presupuesto, apuesto, proposición, supositorio…

El alemán también tiene sus “phrasal verbs”. Algunas veces su formación coincide con las latinas. Así ocurre en estos dos casos:
– Ausstellen / exponer (aus = ex; stellen = poner).
– Vorsitzen / presidir (vor = pre; sitzen = seer, sedēre)

¿No son fascinantes las coincidencias? Habrá quien diga que es normal que dos idiomas coincidan en la forma de expresar una misma idea. Por ejemplo, la idea de “península” en latín es “casi isla” (paene + insula), mientras que en japonés (半島) y en turco (yarımada) la idea coincidente es “medio isla”.

Me voy a quedar en el turco porque en esta lengua la forma de crear nuevos verbos es diametralmente distinta a la que expresé al inicio. Los turcos no añaden preposiciones a sus verbos para crear nuevos verbos. Lo que para nosotros son verbos completamente distintos, en turco pueden ser formas de un mismo verbo:
– Enseñar y aprender: öğretmek, öğrenmek.
– Entender y explicar (hacer entender): anlamak, anlatmak.
– Morir, matar (hacer morir), mandar a matar, ser matado: ölmek, öldürmek, öldürtmek, öldürülmek,
– Vestir o llevar puesto (to wear), vestir (to dress), ser vestido (to be dressed), vestirse: giymek, giydirmek, giydirilmek, giyinmek.
– Volar, pilotar (desde dentro) y hacer volar (desde fuera): uçmak, uçurmak, uçurtmak.

Dicen que la divinidad entregó la lengua turca a los hombres de las estepas de Asia Central. Yo lo creo firmemente. Desde luego su forma de agrupar significados y derivar otros nuevos me parece mucho más predecible que el capricho de los “phrasal verbs” de las lenguas indoeuropeas que conozco.