Cojín

Escribí este texto como un reto… Consistía en abrir el diccionario por cualquier página, leer la primera palabra que saliera, y escribir una historia corta SOBRE esa palabra. Este fue el resultado:

Se trataba de un simple cojín que descansaba en la esquina de la habitación. Era cuadrado, suave, espumoso. Tenía una letras bordadas en él, A.J. Tocarlo le hubiera traído buenos recuerdos -posiblemente-, memorias de su infancia.  Cuando todos estaban juntos. De haberse atrevido a acariciarlo, seguramente hubiera perdido alguna lágrima y hubiera acaso dormido abrazada a él. Pero a su vez, la presencia de ese cojín en esa habitación blanca e impoluta  la inquietaba enormemente. Un cojín podía servir para un millón de objetivos diferentes. Puede acomodar tu cansancio tras un día agotador. Apoyar tu dolorida espalda.  Pero también puede usarse para asfixiar a una persona. Podría untarse en narcóticos y forzar a una victima a dormir eternamente. Si uno piensa lo suficiente, cualquier objeto del día a día puede convertirse en un arma letal. 

Tras lo sucedido, Andrea vivía en una lucha constante por discernir  amenazas imaginarias de amenazas reales. Cuando el cojín apareció en su campo de vista como de la nada,  se dilataron sus pupilas. La respuesta de su cuerpo fue inmediata: su ritmo cardíaco aumentó, sus músculos se tensaron, y se le puso la piel de gallina. Por su mente pasaron mil maneras en las que el cojín presentaba un peligro inminente para su vida.

Los doctores la observaban desde la seguridad de sus escritorios; las cámaras de vigilaancia seguían los pasos agitados de Andrea. Chilló con la fuerza de su garganta. Cuando el mundo te ha arrebatado lo único que te hace sentir vivo, y tu seguridad personal, no racionalizas de la misma manera. Se abalanzó sobre el cojín cual león sobre su presa, y con las manos vacías, y las uñas al aire, desgarró la tela que mantenía  la espuma en su interior y lo deshizo en pedazos. Sus uñas, más largas de lo habitual, se habían fortalecido con el tiempo. Eran largas, afiladas como si se tratara de las de un animal.  La respiración entrecortada retumbaba en sala cual canto victorioso.

Los doctores no se mostraron sorprendidos. El cuerpo de Andrea temblaba con la emoción del momento, de saber que, una vez más,había sobrevivido a la amenaza. Sabiendo que estaba a salvo de nuevo. No era orgullo lo que sentía, ni tan solo poder. Lo único que podía sentir estos últimos meses era consuelo de saber que estaba viva. Eso, y la desgracia de haber sobrevivido.

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Donde habite la libertad

Nadie conocería mejor que ella el secreto que sus páginas escondían. Lo guardaba como un tesoro, como si cualquiera, al mirarlo, pudiera abrir la brecha que lo separaría de nuestra realidad. Apareció en su vida como una incierta casualidad, incluso podría decirse que encontrarlo formaba parte de su destino. Pero ella no creía en destinos.

Su aspecto no era muy diferente del resto de libros, pero su tinta tenía el poder de transportar a quien lo leyera a todo tipo de universos lejanos llenos de seres que nadie conoce. Sus historias eran las más fantásticas jamás imaginadas por un niño. En otros tiempos, alguien pensó que tales cuentos eran despreciables. ¿Cómo confiar en algo cuya única finalidad es engañar nuestras mentes con mentiras banales? Sin embargo, si ese alguien alguna vez afirmó conocer la cumbre de la buena (la realmente buena) literatura, estaba equivocado.

Ella siempre sospechó que sus páginas eran infinitas. Cuando llegaba a la última, solía volver a empezar desde el principio, y la historia que aparecía ante sus ojos por enésima vez, nunca era del todo igual a la que acababa de leer. Algo mágico e inexplicable ocurría en el transcurso entre una lectura y la siguiente: la historia cambiaba. Estuvo fascinada por el libro durante mucho tiempo.

Sin embargo, no tardó en sentirse abrumada por la rutina que el orden de las páginas le dictaba, y en un arrebato de rebeldía, se dijo que podía imaginar nuevos mundos si leía solamente los capítulos impares. Inexplicablemente, la historia no perdió el sentido en ningún momento, es más, adquirió un sentido nuevo para la muchacha, que volvía a devorar el libro una y otra vez, encontrando en cada intento una historia diferente (porque nunca era la misma historia).

A pesar de ello, no consiguió la libertad que ella necesitaba, así que puso a su disposición otros métodos con un ansia casi animal. Cambió de táctica: probó a leer solamente  los capítulos pares, y cuando vio que eso no la satisfacía, pasó a leer sólo las páginas que fueran múltiplo de tres, o de cinco… Acabó invirtiendo el orden, e incluso fijando uno propio. De esta forma iban creándose nuevas historias, todas ellas completamente independientes entre sí y con una unidad propia que se transformaba a su vez con cada relectura.

No sería hasta muchos años más tarde, cuando, al leer en su lecho de muerte ciertas palabras  que abrían un texto distinto  (“¡Oh, tiempo! Tus pirámides…“), lo comprendería finalmente: no era que el libro cambiara en cada relectura, sino que era ella quien lo hacía. La magia del libro radicaba sencillamente en la intrincada manera en la que estaba escrito, que permitía recorrerlo por un número de caminos casi infinitos, como si de un laberinto se tratara.

Ella continuó aferrándose a su necesidad de librarse de la dictadura del orden. Pero no importaba cuántas pautas nuevas inventara, el sentimiento de opresión no cesaba. No se daba cuenta de que alterando el patrón de lectura no conseguiría deshacerse de él. Ni siquiera el azar estaba exento de cierto orden, o al menos, así lo sentía ella. Nadie supo entonces en qué momento el libro se había convertido en su maldición: comenzó a consumirla. Había dejado de disfrutar leyendo, era una cuestión de libertad. Lo que ella buscaba en la lectura era escapar de las normas que le imponía la realidad, pero leer había dejado de ser para ella una liberación y se había convertido en una losa que no hacía sino asfixiarla.

Cuando por fin quiso entenderlo ya era demasiado tarde.

Una noche, en un intento de demostrarse a sí misma que su libertad le pertenecía a ella (Y qué tonta había sido al dejarla en manos de un objeto inerte), se levantó, abrió el cajón de la mesilla -aquella que le regaló su madre cuando se independizó-, sacó la caja de cerillas y sin dudarlo un segundo, prendió fuego a una de las esquinas del libro.

No pudo evitar quedarse absorta observando el baile del fuego mientras las palabras que tantas veces la habían acompañado se consumían lentamente. Las lenguas de fuego parecían tener vida propia. Esto, se dijo, esto sí que es arte. Y se convenció de que ese rito salvaje, casi ancestral, simbolizaba la libertad en su máxima expresión: una destrucción libre de toda prohibición, gobernada tan sólo por el azar.

Como para poder observar el proceso con mayor deleite, colocó un espejo detrás del fuego, amplificando el efecto visual que causaba. El panorama era fascinante, las luces y las sombras se proyectaban con una belleza abrumadora sobre las paredes de la habitación. No fue hasta que el humo se interpuso en su visión que la muchacha empezó a sospechar que algo iba mal. El fuego amenazaba con extenderse por toda la casa. Rauda, cogió como pudo el libro en llamas y lo sumergió bajo un chorro de agua  fría.

La misma noche en que quemó el libro, Samantha se sentó en su escritorio frente a una hoja en blanco y comenzó a escribir su propio libro.

Las primeras palabras, símbolo de su recién conquistada libertad y eco de un libro que leyó hacía ya un tiempo, rezaban  así: “¡Oh, tiempo! Tus pirámides…